European Year for Innovation and Creativity

Los cinco creyentes

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Imagine un pueblo de caminos de tierra, donde el alcade, el doctor y los maestros aún tienen el aura de decidir algo, siguen pegados a la tierra y no parecen sacados de un spot de economía aplicada a la política. Con menos de 3000 habitantes, en Covasint, uno de tantos pueblos de la región transilvana de Arad, hay cinco iglesias con fes distintas: Ortodoxa, Adventista, Baptista y dos Pentecostales (una para roms). La primera impresión está clara: la religión, a pesar de los años de comunismo, ha pervivido en Rumanía con una fertilidad quizá exagerada. Como hipótesis de trabajo, si uno es optimista, se puede añadir que las cinco iglesias son un ejemplo de convivencia; si se es pesimista, pueden aventurar un foco de conflictos o la sanción religiosa de la separación de los creyentes. En todo caso, Covasint es incomprensible sin la religión. En estos artículos, como un trabajo en marcha, se anotará el análisis de la relación de cada iglesia con la comunidad, de su historia, de sus ritos, del perfil de sus feligreses. A los artículos les acompañarán fotografías y, probablemente, un documental. Además, si el tiempo y las infraestructuras, la languidez y la intrepidez lo permiten, se añadirá una aproximación a los monasterios de la zona.

El primer oficio al que asistí fue hace un par de semanas, el 31 de octubre, por casualidad. No fue uno ortodoxo, el esqueleto rumano, si no el de una de las iglesias minoritarias, la de los Adventistas del Séptimo Día. Uno de los contactos del pueblo tenía el día libre y esa iglesia es la única de las cinco que oficia el sábado. La iglesia está situada cerca de uno de las casas palacio que los roms tienen desperdigadas por el pueblo y está rodeada por una valla. La fachada es azul blanquecina, con el dibujo de tres ángeles con sus brazos extendidos como trompetas orientadas hacia un planeta, que debería ser la Tierra si queremos seguir manteniendo la cordura. Estos ángeles podrían anunciar el fin del mundo, pero al estar dibujados esquemáticamente tienen un infantilismo reconfortante. La antenas parabólica a un lado y los coches relativamente modernos aparcados indican un tipo de feligrés que se acerca al ideal de clase media occidental (sin embargo, en los bancos del interior había también feligresas con el pañuelo en la cabeza típico del campesino y viejos vestidos sencillamente).

En la entrada se me presenta Dino. Es amable y, como tantos rumanos que han estado en España, da la sensación de optimismo, de reverso del turismo, de aboliciones naturales de fronteras, y de lucha y derrota y lucha y estabilidad. En una de las paredes hay dibujados un mapa mundi que podría estar en la mesa de un preescolar y un reloj de arena y una mano que lo sostiene como quien sostiene un salero. Uno puede pensar en esas imágenes como los manteles que cubren un juicio sumario, pero la luz en la iglesia, su limpieza, la sonrisa de los feligreses y su concentración siguen reconfortando. La ceremonia empieza con un canto; la letra puede leerse en un proyector conectado al laptop de un chaval que mira con la misma tranquilidad con que el cocinero cocina. Cada vez que rezamos, bajamos las cabezas y cerramos los ojos. Se alternan cantos generales, de coro, de banda de música (tuba, trombón, trompeta, etc) y de piano. Separados por un pasillo, a un lado están las mujeres y al otro los hombres, aunque mi contacto es mujer y está en el lado de los hombres. El pastor tiene un ayudante, que apenas habla. El sermón consiste en historias de la Biblia y preguntas a los feligreses para que participen, como en una obra de teatro o un quiz show. El oficio me es vagamente familiar, la comunidad es amable, como si caminaran un centímetro por encima del suelo. La ceremonia dura alrededor de una hora. Sobre el banco de delante hay libros para niños que ejemplifican pasajes de la Biblia y donde Jesús está dibujado con tanta cercanía que podría estar en el asiento de atrás del autobús Ghioroc-Covasint o despertándote a la noche siguiente.