European Year for Innovation and Creativity

Pericle Martinescu en español/(cu oglindă) Spanish in Vona Alexandru

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En la entrevista que le hace Joaquín Garrigós, el traductor de rumano a español más importante en la actualidad, a Pericle Martinescu (11 de febrero de 1911- 24 de diciembre de 2005), casi todo el texto está recorrido por las pregunta ¿Has conocido a?: ¿Conociste a Mihail Sebastián, a Mircea Eliade, a Emile Cioran?, le pregunta el traductor, como si entrevistase a un crononauta. Pericle Martinescu, que moriría un año después con 95 años, tiene opiniones de una Rumanía que en los treinta alcanzó su siglo de oro de las letras, con nombres que aún hoy hacen las delicias de quienes buscamos oro en el cotizado Este. Una generación que tras la unificación del país en 1918, a la luz de Francia, desenrolló su papel en la historia. Los diarios de Martinescu están inéditos en España, y poco se sabe de él en nuestro país, salvo por Garrigós o por Hermann Tersch, que en uno de sus artículos sobre el suspiro retorcido que fue esa Rumanía, habla de que enterraba el diario para no enloquecer: exactamente: pe cele care acoperă perioada ’48-’54 le îngropam în grădina casei în care locuiam atunci (“los dedicados al periodo 48-54 los enterraba en el jardín de la casa donde vivíamos entonces”, le cuenta Martinescu a Garrigós).

Quienes miran al siglo XX verán sólo dos cosas: la refundación de la novela y el martirio reconfortante del trasvase de la historia a los diarios. Lo que queda claro por sus entrevistas y por los textos publicados es que Martinescu, pegado a su intimidad (cuarenta años de diarios: 1935-1984) expone su vida en artículos y novelas,  pero será recordado por los publicados 7 ani cît 70 (Diary 1948 - 1954), Editura Vitruviu, 1997; Confesiune patetica, pagini de jurnal intim (1936-1939), editie îngrijita de Ioan Popisteanu, Ex Ponto, Constanta, 2004; Uraganul istoriei, pagini de jurnal intim, anul 1940, editie îngrijita de Ioan Popisteanu, Ex Ponto, Constanta, 2005, y por los que se publicarán. 

Como en la estantería del comercio de un loco, Martinescu es testigo de demasiadas cosas: Del ascenso de Hitler (un adevarat nebun, mânat orbeste înainte de o fatalitate apocaliptica: "un auténtico loco, empujado ciegamente a un destino apocalíptico) y de la evolución del erotismo; de Sebastian y  de su rol de periodista pluriempleado, de dramaturgo representado con otro nombre bajo Antonescu, de habitante de cuartuchos de refugiado en Bucarest, como un mártir fiel a Kafka; del crítico literario Eugen Lovinescu (melancólica frase de la Wikipedia: He was, perhaps, one of the earliest followers of Eugen Lovinescu); de cómo los legionarios le hicieron la corte, de cómo los comunistas también, de su vida de bibliotecario burgués censando todo lo que el comunismo mataba al amanecer en los desvanes.

Martinescu es la cara de una generación que será recordada por lo que logró y por lo que perdió. Muchos de ellos acabaron en puntos y aparte: Max Blecher (muerto de la enfermedad de Pott el 31 de mayo de 1938); Benjamín Fundoianu (muerto en Auschwitz, el 2 o el 3 de octubre de 1944); Mihail Sebastian (atropellado por un camión del Ejército Rojo el 9 de mayo de 1945); o Ilarie Voronca (se suicidó antes de acabar su Manual de la Felicidad Perfecta, el 8 de abril de 1946). Judíos que, con semillas negras en los bolsillos, acompañaron a los masacrados en Bucarest, Iasi, Maramures o Transnistria. Otros ganaron la fama, pero también la sospecha, por su simpatía por el fascismo, como Eliade o Cioran; o por sus concesiones al régimen de posguerra, como los cantos procomunistas de Camil Petrescu, antes renovador de la literatura rumana vía el camino amablemente único de Proust.

O si Martinescu es la cara, otro, por su estatura, se convirtió en la máscara mortuoria. Alexandru Vona, sefardí, se disculpaba por su castellano “de 1492”. Hace ya tantos países de la expulsión castellana de los judíos, que Vona parece la última de sus sombras, alguien que hasta a la muerte llegó tarde. Ambos son de la misma moneda olvidada en los arenales de las antologías. De Vona se dice que hay una traducción española, pero no encontré nada de él salvo la entrevista linkeada y lo que dice de él Sergio Pitol, santificándolo como maldito, en el Arte de la fuga.

Pericle Martinescu se siente parte de esas sombras. No menciona a Vona , pero su discursos se tocan en el resultado:

Acuma am un sentiment de regret că am rămas singurul dintre toţi prietenii din generaţia mea. Uitîndu-mă în urmă, deşi am trecut prin foarte multe evenimente, revoluţii, asasinate, revolte, războaie am impresia ciudată că nimic nu s-a întîmplat fiindcă nu mai există oamenii pe care îi iubeam, îi întîlneam, cu care discutam zilnic. Trecutul, deşi dens, mi se pare ireal! Mă simt singur.

"Ahora tengo un sentimiento de pesar por ser el único que queda entre mis amigos de generación. Mirando atrás, aunque he vivido acontecimientos, revoluciones, asesinatos, disturbios, guerras, tengo la impresión de que no ha pasado nada, porque a quienes amaba, con quienes me reunía cada día, ya no están. El pasado, aunque denso, me parece irreal. Me siento solo".